Centenario de Ana María Matute, una niña que creció sin querer

El 26 de julio, la brillante novelista Ana María Matute (1925-2014) hubiese cumplido 100 años, aunque siguiendo el lema que da título a la exposición que celebra su centenario, “Ana María Matute: Quien no inventa no vive”, en la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona, hasta el 11 de enero de 2026. Matute vivió toda su vida para dedicarla entera a crear historias y personajes que siguen entre nosotros y hacen de ella una autora atemporal e inmortal. Como explica Mari Paz Ortuño, comisaria de la exposición, “ella hacía literatura hasta de los dolores que tenía. Todo para ella era imaginación e invención”, y de aquí surge el título de este evento conmemorativo. 

La exposición, organizada por el Instituto Cervantes, se presenta como un recorrido que atiende los cinco puntos clave de sus tan enzarzadas vida y obra: infancia, juventud, madurez, depresión y renacer. Compuesta por libros, documentos originales, cartas, objetos personales y fotografías prestadas del álbum familiar, la visita es narrada por la voz de “la Matute”. La experiencia puede complementarse con la participación en el club de lectura que ofrece Ortuño, comisaria de la exposición, en la Biblioteca Vilapicina i La Torre Llobeta-Carmen Laforet.

Ana María Matute escribe su primer cuento a los cinco años, termina su primera novela antes de los 18 y con 30 años ya ha sido premiada con un Nadal, y desde entonces acumula otros reconocimientos como el Premio Planeta 1954 por Pequeño Teatro y el Premio Cervantes 2010. Siendo musa de su palabra, esta se alimentó de ella a la vez que le daba esa segunda oportunidad por las mismas situaciones que la empujaron a escribir.

Un contexto de guerra añade a la niñez complicada de la autora, destilándose en forma de una crudeza escrita desde la ternura. La autora se consideraba “una niña que había tenido el mal gusto de crecer”, y esta forma de entenderse y expresarse ilustra como era su obra, de fondo pesimista, pero con un sutil y ágil sentido del humor. Y en la misma línea, su obra tiene como grandes ejes la infancia y la adolescencia, que a menudo retrata desde dinámicas como la lucha del débil contra el fuerte, la incomprensión y lo irresuelto entre las personas, y el desamparo. Escribir al niño como alguien solitario y/o cruel y al adolescente como un náufrago eran enfoques que faltaban en la literatura española del momento, un aspecto más por el que la autora obstaculizaba cualquier tipo de clasificación.

Así, sus obras se han consolidado como clásicos, por ampliar el mundo de las letras desde el principio, y porque sus libros se siguen leyendo ahora, con tramas que conservan la mirada de su tiempo a la vez que se adaptan a la nueva contemporaneidad.