Libros que aman los libros
No hay mejor regalo para un lector que un libro, y ante una fecha tan señalada como el Día del Libro, ¿cómo hacerlo aún más especial? Una lectura que describe el amor por los libros, ¿quizás? Parece enrevesado, demasiado estirado, incluso, pero, para un apasionado de la literatura, la respuesta es simple. Este año, regala –o regálate– Helene Hanff, Michiko Aoyama, Sam Savage, Santiago Posteguillo o Sophie Divry, porque, cuando el existencialismo y el desasosiego manchan el papel, fácilmente se convierten en relatos esperanzadores y llenos de vida que van directos al corazón.
84, Charing Cross Road, de Helene Hanff
Helene Hanff es una joven a quien mueve el amor por los libros, sobre todo las ediciones raras y difíciles de encontrar, a menudo, a precios que no puede permitirse con lo que gana escribiendo guiones de televisión en Nueva York. Hojeando una revista especializada, se topa con un anuncio sobre una librería en Londres de la que sospecha que puede tener alguno de los libros que busca a precio razonable, y con una primera carta da comienzo a 20 años de relación epistolar que conforman el libro. Hablando tanto de literatura como de la vida cotidiana, es también en la forma en la que están escritas cada una de ellas que se construyen y conocen los personajes. 84, Charing Cross Road es un relato que empieza hablando de libros y acaba diciendo mucho más.
La biblioteca de los nuevos comienzos, de Michiko Aoyama
Organizado en cinco capítulos, cada uno se centra en un personaje de los cinco que protagonizan la historia, conectados por tres motivos: el hecho de vivir en Tokyo, estar existencialmente perdidos y acudir a la misma librería en busca de consuelo. Tres hombres y dos mujeres de edades distintas acaban, casi por destino, en manos de la librera Komachi, quien lee a las personas como si fueran escritos y siempre tiene una recomendación a mano. Este relato no plantea los libros como héroes o medias naranjas, tampoco tiene la intención de venderlos como la solución a todos los problemas y, aun así, se convierten en una reunión de sueños, ambiciones y amistades. Aoyama te arropa con su escritura, tan fresca como cálida, divertida y profunda.
Firmin, de Sam Savage
Todo lector ha sido bautizado como ‘alimaña de biblioteca’ alguna vez, y este relato aborda el concepto desde un impecable humor negro. Firmin, el personaje principal, aprende a leer en una librería situada en Pembroke, un viejo barrio de Boston. Viviendo entre páginas, u ocultándose en ellas, y marginado de su familia busca amor y comprensión en un librero y un escritor para transformar su soledad y sus miedos. Esta novela es una declaración de amor a los libros y la literatura, así como una crítica social que, al construirse como una gran metáfora, es sutil en sugerir la reflexión del lector. Escrito con cierto lirismo, es una historia tan triste como optimista, que navega, a través de un roedor como protagonista, las crisis existencialistas propias del ser humano.
La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, de Santiago Posteguillo
Un libro que revela la vida secreta de otros. En capítulos breves, Posteguillo expone como anécdotas los entretelones de la escena literaria de los grandes éxitos. Parece que cada relato quiere compensar por las incógnitas y las curiosidades insatisfechas del lector de clásicos, como por ejemplo el anonimato autoral de El lazarillo de Tormes, o los sucesos entre publicación y publicación de escritores como Kafka, Dostoievski o Conan Doyle. ¿Cuál de ellos huía de la inquisición? ¿Qué autor publicaba múltiples libros al año y cuál era su secreto para hacerlo? ¿Quién perdió poder sobre su narrativa y cuáles fueron las consecuencias tras recuperarlo? Para el que cierra el libro sin aceptar que se haya acabado todo tan rápido, este texto es una forma de deshacer cualquier nudo en forma de viaje en el tiempo por la historia de la literatura universal.
La signatura 400, de Sophie Divry
Sentirse invisible, se quiera o no llamar la atención, duele. Esto mismo le pasa a la protagonista, que vive sin influir lo más mínimo en la de los demás, ni siquiera de refilón. Tanto es así que tampoco tiene nombre. No encuentra ilusión ni consuelo sino en los libros, aunque en el fondo existe la esperanza y el deseo de conexión humana. ¿Se puede tener todo: el entorno seguro que le ofrece la ficción junto con la espontaneidad de los seres reales? La mujer descubrirá la magia fruto de dos mundos colisionando, casualmente o por destino, en la biblioteca donde trabaja. La pregunta entonces es: si esta extraña del mundo estará dispuesta o no a dejar de serlo ante un lector desconocido pues, ¿no es así como, al fin y al cabo, nacen las mejores historias?